Barcos y más barcos

La historia del Vasa es la de la megalomanía de un rey que quería que le tomasen en serio los monarcas de naciones más grandes y poderosas. Por eso mandó construir un gran barco decorado con esculturas y tallas y con tantos cañones que aterrara con su sola presencia a los enemigos. La ironía de la historia -y una buena prueba del buen humor sueco- es que el mismo día de su inauguración se hundió apenas recorridos 1500 metros tras escorarse por unas fuertes ráfagas del viento. La investigación pertinente nunca se deteriminó los culpables porque ¿no había sido a fin de cuentas el rey quien había insistido en multiplicar el pesado armamento y las troneras por donde debían asomar sus bocas de fuego? Hoy en día este gigantesco fiasco de 1628 constituye una oportunidad única de conocer un barco auténtico del siglo XVII y muchos aspectos de la vida de la sociedad de la época en el Museo Vasa construido alrededor de este gigantesco navío. Una visita que merece la pena, aunque su restaurante no esté a la altura de los museos suecos en los que comer es casi tan importante como visitar.

Lo que si constituye un placer mucho mayor: en el muello detrás del Vasa -y sin pasar por ninguna taquilla- se pueden recorrer desde la sala de máquinas hasta el puente de mando, pasando por todos los huecos, escaleras y palancas imaginables, un barco-faro y un rompehielos que estuvo activo hasta finales de los años 60. Todo abierto hasta las cinco de la tarde sin que nadie te persiga con un esto no se toca, esta escalera resbala o deja ese timón que no es tuyo. Después volver en ferry hasta Slussen, buscar un konditori con unas buenas tartas y coger un tren al azar para ver a donde lleva… Pero eso ya es otra historia en el maravilloso país de las maquetas a escala real.

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